Los fósiles de Castilla-La Mancha recuerdan cinco crisis naturales. La actual tiene un solo responsable: nuestra especie.

Cigüeñas negras en vuelo sobre las Tablas de Daimiel durante la migración otoñal.
La sexta extinción no es una hipótesis lejana en Castilla-La Mancha: se refleja en sus llanuras, sus humedales y sus montes, una región cuyas rocas conservan además la memoria de las cinco crisis biológicas anteriores. A diferencia de ellas, esta no la provoca una glaciación, un episodio volcánico o un asteroide, sino una sola especie: la nuestra.
Cinco extinciones en las rocas y una sexta en marcha
La historia de la Tierra registra cinco grandes extinciones masivas. Hace 444 millones de años, una intensa glaciación causó una de las primeras grandes pérdidas de biodiversidad marina. La más devastadora llegó hace 252 millones de años, cuando un vulcanismo extremo hizo desaparecer cerca del 90 % de las especies. Y hace 66 millones de años, el impacto de un asteroide en la actual península de Yucatán puso fin al dominio de los dinosaurios no avianos.
Todas tuvieron causas naturales y se desarrollaron en escalas de tiempo inmensas comparadas con una vida humana. Medios especializados como Green European Journal y Global Citizen coinciden en tratar la sexta extinción como un proceso de origen humano y señalan como causas la destrucción de hábitat, la contaminación, el cambio climático y la sobreexplotación de los recursos.
Trilobites y yacimientos: la memoria fósil de la región
Castilla-La Mancha guarda testimonios valiosos de ese pasado. Los Montes de Toledo y Cabañeros han aportado fósiles de trilobites que recuerdan que estas tierras estuvieron bajo antiguos mares. En la Serranía de Cuenca, yacimientos de relevancia internacional como Las Hoyas o Lo Hueco han permitido reconstruir ecosistemas desaparecidos con aves primitivas, reptiles, insectos y dinosaurios excepcionalmente conservados.
Para situar esa geología, el Geoparque Villuercas-Ibores-Jara, en la vecina Cáceres, presenta las huellas fósiles de trilobites conocidas como Cruziana, conservadas en sedimentos marinos de hace unos 480 millones de años, como testigo del origen de los primeros animales. Un artículo de 2021 en Geoconservation Research sitúa estas huellas en la Cuarcita Armoricana del Ordovícico, un contexto geológico próximo al de los Montes de Toledo, aunque esa publicación no menciona Cabañeros. La lección de los fósiles es clara: las recuperaciones ecológicas tras una crisis siempre exigieron millones de años.
Las estepas pierden sus aves
Las llanuras de Guadalajara, Cuenca, Toledo y Albacete albergan algunos de los ecosistemas esteparios más valiosos de Europa occidental, y sus especies emblemáticas atraviesan una situación crítica. La alondra ricotí ha sufrido un fuerte declive por la transformación del territorio y la fragmentación de los hábitats abiertos que necesita, y el sisón común, antaño frecuente en muchos campos manchegos, también ha descendido de forma preocupante.
Los datos de SEO/BirdLife de 2020, recogidos por la Fundación Global Nature y por Agronews Castilla y León, indican que las aves esteparias de Castilla-La Mancha perdieron un 17,3 % de su población entre 1998 y 2020. Son el grupo con peor tendencia de la región, de España y de Europa. La avutarda se mantiene estable a escala regional, pero el sisón, el alcaraván, el aguilucho cenizo, la alondra de Dupont, la ganga ortega y el cernícalo primilla están en declive, con extinciones locales. Estas fuentes atribuyen el retroceso a la intensificación agraria y mencionan una red de custodia del territorio de 15.000 hectáreas en Red Natura 2000 en la región. La protección de estos espacios, como se plantea en este análisis sobre la defensa de las ZEPA y los ambientes esteparios de Ecoticias, resulta clave para frenar la pérdida.
Agua, especies desbordadas y un equilibrio roto
La presión sobre el agua es otro frente. Según el texto de elDiario.es que inspira esta pieza, la sobreexplotación de acuíferos y la contaminación por nitratos afectan a numerosos sistemas acuáticos. Las Tablas de Daimiel son el ejemplo más conocido, con sequías extremas, incendios subterráneos de turba y dependencia de aportes artificiales de agua.
Mientras unas especies desaparecen, otras crecen sin control. El jabalí, favorecido por el abandono rural, la abundancia de alimento y la falta de grandes depredadores, provoca daños en cultivos, accidentes de tráfico y presión sobre las aves que nidifican en el suelo. A ello se suma la expansión del conejo en ciertas áreas agrícolas y el debate por el retorno natural del lobo. Son señales de que los equilibrios tradicionales cambian con rapidez, algo que también se aprecia en la vida de los Montes de Toledo, como contamos en la berrea del ciervo en Cabañeros.
Una crisis también económica y social
La biodiversidad no es un lujo de naturalistas: de ella dependen la fertilidad del suelo, la calidad del agua, la producción agrícola y la regulación del clima. Por eso la sexta extinción es un desafío económico, territorial y social. Hay experiencias que apuntan a compatibilizar producción y vida silvestre, como las que repasamos en Olivares Vivos.
La vida continuará, como tras las cinco crisis anteriores. La incógnita es qué mundo quedará para quienes vengan detrás. Y, a diferencia de lo ocurrido hace millones de años, esta vez todavía estamos a tiempo de cambiar el final de la historia.
Nota: varias de las páginas consultadas carecen de fecha de publicación verificada, por lo que conviene contrastar las cifras con los datos oficiales más recientes.
