Ginkgo biloba
- Nombre común Ginkgo
- Familia Ginkgoaceae
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La nervadura es de tipo dicotómico, con nervios que se bifurcan repetidamente sin anastomosarse entre sí, rasgo único entre las plantas leñosas actuales.
El margen superior presenta frecuentemente una incisión central que divide el limbo en dos lóbulos (de ahí el epíteto biloba), si bien esta hendidura puede estar ausente o ser poco marcada en las hojas de los braquiblastos.
La coloración es verde claro y brillante en primavera y verano, tornándose amarillo dorado uniforme en otoño antes de una caída masiva y repentina. Las hojas se agrupan en braquiblastos (brotes cortos) o se disponen alternas en los macroblastos (ramas largas).
Estructuras masculinas: los individuos masculinos desarrollan estróbilos en forma de amentos de color amarillento, agrupados en los braquiblastos, que liberan grandes cantidades de polen dispersado por el viento (anemofilia).
Estructuras femeninas: los individuos femeninos no producen conos compactos; en su lugar, desarrollan pedúnculos largos que sostienen generalmente dos óvulos desnudos y expuestos en su ápice, sin ovario que los envuelva.
La polinización tiene lugar en primavera, mientras que la fertilización ocurre meses después mediante espermatozoides móviles flagelados (zooidogamia), un rasgo arcaico compartido con los helechos y las cícadas.
Tras la maduración del óvulo fecundado a finales del otoño, se desarrolla una estructura seminal redondeada de 2 a 3 cm de diámetro, de aspecto drupáceo similar a una ciruela pequeña.
Esta semilla se compone de tres capas:
- Sarcotesta: capa externa carnosa, de color verde amarillento a ocre, que contiene ácido butírico, responsable del característico olor rancio muy desagradable al descomponerse.
- Esclerotesta: capa media dura y leñosa que protege el interior.
- Endotesta: capa interna membranosa que envuelve el embrión.
Distribución geográfica: Originario del este de China, donde se conservan poblaciones consideradas silvestres en las provincias de Zhejiang y Guizhou. Hoy en día está ampliamente cultivado en todo el mundo por su valor ornamental y farmacéutico.
Usos en paisajismo urbano: Su extraordinaria resistencia a la contaminación, plagas, enfermedades y fuego lo convierte en uno de los árboles más plantados en entornos urbanos. Se priorizan casi exclusivamente clones masculinos para evitar el olor y la suciedad generados por las semillas de los ejemplares femeninos.
Usos etnobotánicos y farmacéuticos: Las hojas se utilizan ampliamente en la industria farmacéutica para la extracción de ginkgólidos y bilob ólidos, principios activos con propiedades vasodilatadoras y neuroprotectoras, empleados para mejorar la circulación sanguínea periférica y la función cognitiva.
Curiosidad histórica: Varios ejemplares de Ginkgo biloba situados a menos de 2 km del epicentro de la explosión atómica de Hiroshima en 1945 sobrevivieron y rebrotaron al año siguiente, lo que refuerza su fama de especie de resiliencia excepcional.
El Ginkgo biloba: el árbol que sobrevivió a todo y terminó en un jardín de Toledo
Trescientos millones de años de historia concentrados en una hoja con forma de abanico: el ginkgo atravesó extinciones masivas, fue salvado por monjes budistas, inmortalizado con una errata tipográfica, cantado por Goethe y rebrotó intacto después de una bomba atómica. Hoy da sombra en los paseos de Castilla-La Mancha con la misma indiferencia serena con la que presenció el Jurásico.
La hoja más singular del reino vegetal
Imagina que paseas por un parque de Toledo en noviembre: el cielo es de ese azul frío y nítido de la Meseta, la piedra ocre de los cigarrales brilla con la luz oblicua del mediodía, y de repente, al doblar un sendero, te golpea una columna de oro puro. Ese amarillo eléctrico, casi irreal, es la firma otoñal del Ginkgo biloba, y una vez visto resulta imposible de confundir con ninguna otra especie del planeta. La clave está en la hoja: plana, sostenida por un largo pecíolo, con forma de abanico oriental desplegado —en China se le llamó durante siglos ya-chio, «pata de pato»— y dividida en dos lóbulos por una hendidura central. Esa hendidura es la que justifica literalmente el nombre: biloba, «de dos lóbulos».
Pero la rareza verdadera no está en la silueta sino en las nervaduras. Mientras cualquier otro árbol de hoja ancha presenta un nervio central con ramificaciones secundarias —pinnada— o varios nervios que parten del pecíolo —palmeada—, el ginkgo despliega una venación dicotómica: sus nervaduras se bifurcan limpiamente en dos, de forma sucesiva, desde la base hasta el borde, sin unirse jamás entre sí. Es el único árbol del mundo con esta característica tan marcada, y eso lo convierte en una pieza de identificación absoluta. En cuanto al tronco, los ejemplares jóvenes son esbeltos y casi columnares; con la edad la corteza evoluciona de lisa y grisácea a profundamente fisurada y corchosa, adquiriendo ese aspecto arrugado y prehistórico que anticipa toda su historia. La caída de las hojas tampoco tiene parangón: el ginkgo no las suelta de forma gradual —las pierde todas en uno o dos días, cubriendo el suelo con una alfombra compacta de oro que persiste mucho después de que otros árboles hayan desnudado sus ramas.
- ·Hoja en forma de abanico con largo pecíolo; nombre chino: ya-chio (pata de pato)
- ·Venación dicotómica: nervaduras que se bifurcan sucesivamente sin anastomosarse entre sí
- ·Hendidura central bilobulada → epíteto biloba
- ·Caída masiva y simultánea de hojas en 1–2 días
- ·Corteza: lisa y grisácea en jóvenes; fisurada y corchosa en adultos
Sin flores, sin frutos: la reproducción de una gimnosperma dioica
El Ginkgo biloba es una gimnosperma dioica: los sexos se distribuyen en pies separados y la especie no produce flores verdaderas. Los individuos masculinos generan amentos amarillentos agrupados en los braquiblastos —esos brotes cortos y lentos donde se concentran hojas y órganos reproductores en rosetas—, cuyo polen dispersa el viento. Los femeninos desarrollan pedúnculos que sostienen dos óvulos completamente desnudos, sin el ovario cerrado que define a los árboles con flor. Esa ausencia de ovario es exactamente lo que distingue a las gimnospermas de las angiospermas: la semilla queda expuesta, no encerrada en un fruto.
Lo que se toma popularmente por el «fruto» del ginkgo no lo es en sentido botánico estricto. Son semillas recubiertas por dos capas: una exterior carnosa llamada sarcotesta, de color verde amarillento que madura a ocre, y una interior dura y leñosa —la esclerotesta— que protege una almendra plateada comestible, apreciada en la gastronomía asiática desde hace siglos. El problema es la sarcotesta: acumula altas concentraciones de ácido butírico que, al descomponerse, desprende un olor nauseabundo comparable al vómito o la mantequilla rancia. Por eso, en la inmensa mayoría de calles y jardines urbanos, se plantan exclusivamente clones masculinos injertados, garantizando el espectáculo otoñal sin consecuencias olfativas.
| Capa | Naturaleza | Detalle relevante |
|---|---|---|
| Sarcotesta | Exterior carnosa | Acumula ácido butírico → olor nauseabundo al descomponerse |
| Esclerotesta | Cáscara dura y leñosa | Protege la almendra interior |
| Almendra | Semilla interna plateada | Comestible; apreciada en la gastronomía asiática |
Trescientos millones de años de paciencia geológica
El orden Ginkgoales hunde sus raíces en el Pérmico, hace unos 290 millones de años, cuando los ancestros de este árbol compartían paisaje con los primeros reptiles. El ginkgo atravesó el Triásico, el Jurásico, el Cretácico y las grandes extinciones masivas con una resiliencia que desafía cualquier intuición biológica. Cuando las glaciaciones del Pleistoceno empujaron los climas hacia el sur, la especie fue retrocediendo paulatinamente hasta desaparecer de Norteamérica, Europa y gran parte de Asia, sobreviviendo únicamente en refugios templados de las montañas de Zhejiang y Anhui, en el centro de China. Fue allí, entre riberas de ríos y laderas boscosas, donde los monjes budistas y taoístas lo descubrieron y, cautivados por su belleza y sus propiedades medicinales, lo plantaron en los recintos de sus templos. Con la expansión del budismo a partir del siglo XIV, el árbol llegó a Corea y Japón, integrándose en el paisaje sagrado de Extremo Oriente.
Algunos investigadores sostienen que ninguno de los ejemplares actuales es verdaderamente silvestre: todos podrían descender de árboles cultivados por generaciones sucesivas de monjes. Si es así, el ginkgo fue técnicamente domesticado para que no desapareciera, convirtiéndose en uno de los pocos organismos cuya supervivencia dependió durante siglos de una alianza involuntaria con los seres humanos. En 1683, el naturalista alemán Engelbert Kaempfer desembarcó en la isla de Dejima, en Nagasaki, y lo describió científicamente para el mundo occidental por primera vez; su obra Amoenitates Exoticae, publicada en 1712, abriría la puerta a una historia de fascinación europea que aún no ha terminado.
Pérmico (~290 Ma): aparecen los primeros Ginkgoales.
Triásico, Jurásico, Cretácico: el ginkgo domina paisajes de todo el planeta.
Pleistoceno: las glaciaciones lo eliminan de América, Europa y gran parte de Asia; persiste solo en Zhejiang y Anhui (China central).
Siglo XIV en adelante: monjes budistas y taoístas lo cultivan en templos y lo extienden a Corea y Japón.
1683–1712: Kaempfer lo describe en Nagasaki y lo publica en Amoenitates Exoticae.
El error tipográfico que Linneo inmortalizó y el poeta que le escribió un poema
Cuando Kaempfer transcribió sus apuntes de campo en Japón, la grafía japonesa del árbol —gin kyō, «albaricoque de plata»— sufrió una pequeña pero duradera alteración: la «y» se convirtió en «g», y ginkyo quedó escrito como Ginkgo. Décadas después, Carlos Linneo tomó esas notas para bautizar la especie en su Mantissa Plantarum II de 1771. Linneo nunca vio un ejemplar vivo en toda su carrera, copió el error e inmortalizó la errata en la nomenclatura científica para siempre. Los puristas siguen reivindicando la grafía alternativa «Gingko», pero la taxonomía internacional no la reconoce: el error quedó grabado en piedra. Es un caso único en la historia de la botánica: el nombre científico oficial de una especie lleva incorporado un gazapo tipográfico de trescientos años de antigüedad.
La llegada del árbol a los jardines europeos desencadenó una fiebre de coleccionismo que tiene su anécdota más elocuente en el apodo con el que fue conocido durante el siglo XVIII: el «árbol de los cuarenta escudos». El sobrenombre nació en París cuando un aficionado acaudalado pagó cuarenta escudos de oro por cada uno de los cinco plantones que adquirió a un horticultor británico. Poseer un ginkgo en el jardín equivalía a atesorar un fragmento vivo del Jurásico. Goethe, que era Goethe y veía lo que otros no veían, se enamoró de un ejemplar en los jardines del castillo de Heidelberg en septiembre de 1815 y le escribió un poema —Gingo biloba, modificando deliberadamente la grafía para suavizar la dureza fonética de la «k»— pegando físicamente dos hojas del árbol en la carta que envió a su amada Marianne von Willemer. Para él, la hoja bilobulada era la síntesis perfecta de la dualidad humana: dos mitades separadas que se reconocen como una sola estructura.
El nombre viene del japonés gin kyō (銀杏), «albaricoque de plata». Kaempfer confundió la «y» con la «g» al transcribir sus notas → Ginkgo en lugar de Ginkyo. Linneo copió el error en 1771 sin haber visto jamás el árbol. La taxonomía oficial lo mantiene inamovible desde entonces.
El descubrimiento que reescribió la evolución vegetal
En 1896, un ilustrador artístico sin formación académica reglada llamado Sakugoro Hirase miraba por el microscopio del Jardín Botánico de la Universidad de Tokio cuando descubrió algo que rompía el consenso científico de su época: el ginkgo libera en el interior de los óvulos femeninos espermatozoides móviles dotados de flagelos que nadan activamente para alcanzar la célula huevo. Hasta ese momento, el dogma establecía que las plantas con semilla —las espermatofitas— se reproducían exclusivamente mediante tubos polínicos pasivos, reservando los gametos flagelados para los helechos y los musgos. Hirase demostró que el ginkgo conservaba un mecanismo reproductivo idéntico al de las plantas más primitivas, convirtiéndolo en el eslabón evolutivo vivo entre las criptógamas y las espermatofitas modernas.
El hallazgo estuvo a punto de ser silenciado por la condición social del descubridor, pero la presión de sus colegas logró que la Academia de Japón le concediera el Premio Imperial en 1912, compartido con Seiitiro Ikeno, quien había hecho el mismo descubrimiento en las cícadas. El ginkgo no es, por tanto, solo un fósil viviente morfológico —reconocible por su hoja única—, sino también un fósil viviente reproductivo, que conserva activo un mecanismo de fertilización que la evolución había «superado» en el resto de las plantas con semilla. Es como encontrar un animal de sangre fría con branquias en un bosque de mamíferos: una ventana directa al pasado evolutivo del reino vegetal.
Del templo budista al jardín de Albacete: el ginkgo en Castilla-La Mancha
En Castilla-La Mancha, el ginkgo no es una presencia meramente decorativa. El Jardín Botánico regional de Albacete custodia ejemplares en tres zonas diferenciadas del recinto: en la avenida de acceso, en la Colección Sistemática destinada al estudio taxonómico, y en el «Cuadro de Asia» del arboreto medicinal, donde sus propiedades terapéuticas milenarias se contextualizan junto a otras especies del continente asiático. Estos árboles demuestran una adaptación impecable a las condiciones extremas de la Meseta: soportan heladas de hasta quince y treinta grados bajo cero, toleran los veranos áridos con extrema insolación y prosperan en los suelos ligeramente calizos que dominan la geología regional.
En Toledo capital, el amarillo otoñal del ginkgo adquiere una dimensión casi escenográfica: pocos contrastes visuales son más poderosos que su dorado explosivo contra la piedra ocre de conventos, murallas y cigarrales. Los paisajistas lo llaman un «árbol de contraste temporal»: un superviviente del Mesozoico insertado en una ciudad medieval. El vínculo entre la farmacopea monástica y la economía castellana contemporánea lo encarna la empresa Aromas de Té, ubicada en Sonseca (Toledo), que procesa y comercializa hojas secas de Ginkgo biloba bajo registro sanitario oficial, destinadas a favorecer la microcirculación cerebral, la memoria y la concentración. La misma planta que los monjes de Zhejiang replantaban con devoción hace setecientos años se seca hoy en Sonseca y llega a las tiendas de herbodietética de media España.
| Zona del recinto | Función |
|---|---|
| Avenida de acceso | Presencia ornamental y de bienvenida al recinto |
| Colección Sistemática | Estudio taxonómico y científico de la especie |
| Cuadro de Asia (arboreto medicinal) | Contextualización de sus propiedades terapéuticas junto a otras especies asiáticas |
Un árbol que sobrevivió a una bomba atómica y a un poema
El 6 de agosto de 1945, a 1.130 metros del hipocentro de la bomba atómica de Hiroshima, el viejo ginkgo del templo de Myojo-in sufrió la calcinación completa de su corteza y su ramaje. En la primavera de 1946, el tocón carbonizado comenzó a brotar de nuevo con un vigor inusitado y sin malformaciones genéticas de ningún tipo. Junto a otros cinco supervivientes —catalogados colectivamente como hibakujumoku, «árboles supervivientes de la bomba»— se convirtió en el símbolo vegetal absoluto de la resiliencia. No es un dato anecdótico: es la conclusión lógica de trescientos millones de años de perfeccionamiento biológico silencioso. Un árbol que atravesó el Pérmico, el Triásico, el Cretácico y las glaciaciones del Pleistoceno no iba a rendirse ante una bomba del siglo XX.
La hoja bilobulada que inspiró a Goethe figura también en más de cien blasones de familias samuráis japonesas y es hoy el emblema oficial de la ciudad de Tokio. Desde las montañas de Zhejiang hasta los jardines de Albacete, pasando por un poema de Heidelberg, una errata tipográfica de Estocolmo y un tocón que rebrotó en Hiroshima, el ginkgo cierra un círculo de trescientos millones de años que ninguna otra especie del planeta puede trazar. Lo extraordinario es que ese círculo pase también, con toda naturalidad, por los paseos de Toledo en noviembre.
- ·Salvado por monjes budistas y taoístas en China (siglo XIV en adelante): lo plantaron en templos y lo extendieron a Corea y Japón
- ·Errata inmortal de Linneo (1771): Ginkgo en lugar de Ginkyo, fijada en la nomenclatura oficial para siempre
- ·Poema de Goethe (1815): Gingo biloba, dedicado a Marianne von Willemer; dos hojas pegadas en la carta
- ·Superviviente de Hiroshima (1945–1946): rebrote sin malformaciones a 1.130 m del hipocentro; hibakujumoku
La hoja bilobulada del ginkgo figura en más de cien blasones de familias samuráis japonesas y es hoy el emblema oficial de la ciudad de Tokio. La misma forma que Goethe consideró símbolo de la dualidad humana representa desde hace siglos el corazón cultural de Japón.
¿Por qué las hojas del ginkgo se caen todas a la vez en uno o dos días?
El ginkgo sincroniza la abscisión foliar de forma casi instantánea, respondiendo a la combinación de temperatura y fotoperiodo de otoño de un modo mucho más coordinado que la mayoría de árboles caducifolios. El resultado es una caída masiva que cubre el suelo con una alfombra compacta de oro en cuestión de horas. No se conoce una ventaja adaptativa clara para este comportamiento, pero sí se sabe que persiste sin cambios desde el Mesozoico, lo que sugiere que fue suficientemente eficaz como para mantenerse durante trescientos millones de años.
¿Por qué en los jardines y calles urbanas solo se ven ginkgos sin ese olor tan desagradable?
Porque prácticamente todos los ejemplares plantados en entornos urbanos son clones masculinos, injertados para garantizar la ausencia de semillas. El olor nauseabundo —comparable al vómito o la mantequilla rancia— lo produce la sarcotesta, la capa carnosa exterior de la semilla de los pies femeninos, que acumula ácido butírico. Los paisajistas decidieron hace décadas prescindir de los pies femeninos en las ciudades precisamente para evitar ese problema, sacrificando la almendra comestible que aprecian las cocinas de China, Japón y Corea.
¿Cómo es posible que un ilustrador sin estudios científicos hiciera uno de los descubrimientos botánicos más importantes del siglo XIX?
Sakugoro Hirase trabajaba como ilustrador artístico en el Jardín Botánico de la Universidad de Tokio, lo que le daba acceso a microscopios y material vegetal de primera calidad. Su observación de 1896 —espermatozoides flagelados nadando activamente dentro de los óvulos del ginkgo— era visible para cualquiera que mirara por el microscopio en el momento adecuado del ciclo reproductivo; la formación académica no era un requisito. Lo que sí necesitaba era estar en el lugar correcto, con el instrumento correcto y la curiosidad de mirar. El reconocimiento oficial tardó, sin embargo, dieciséis años: el Premio Imperial de Japón llegó en 1912, compartido con Seiitiro Ikeno, quien había hecho el mismo hallazgo en las cícadas.
¿El ginkgo que rebrotó en Hiroshima sigue vivo hoy?
Sí. El ejemplar del templo de Myojo-in, situado a 1.130 metros del hipocentro de la explosión del 6 de agosto de 1945, sobrevivió a la calcinación completa de su corteza y ramaje y rebrotó en la primavera de 1946 sin malformaciones genéticas observables. Forma parte del grupo de seis árboles catalogados oficialmente como hibakujumoku —«árboles supervivientes de la bomba»— y sigue en pie en Hiroshima como monumento vivo. Su historia resume de forma involuntaria todo lo que el ginkgo representa como organismo: una capacidad de recuperación que la evolución ha ido perfeccionando durante trescientos millones de años.
¿El ginkgo que vemos en los parques de Toledo es la misma especie que existía en la época de los dinosaurios?
Morfológicamente, sí: los fósiles del Jurásico muestran hojas prácticamente idénticas a las que caen en noviembre sobre los paseos de Toledo. Por eso al ginkgo se le llama «fósil viviente», una expresión acuñada por Darwin para referirse a especies que han cambiado muy poco a lo largo de vastísimos periodos geológicos. La diferencia es que los dinosaurios desaparecieron hace 66 millones de años y el ginkgo siguió adelante, atravesando extinciones masivas y glaciaciones, hasta convertirse en el árbol que hoy custodia el Jardín Botánico de Albacete y da contraste dorado a la piedra ocre de los cigarrales toledanos.
Enrique Pérez
Editor de toledo natura
Ingeniero agrónomo. Editor principal de Toledo Natura.
Como aficionado a la botánica he creado este blog para divulgar y poner en valor el patrimonio botánico de la ciudad.
