Catalpa bignonioides

Catalpa bignonioides

Ficha de la especie
  • Nombre común Catalpa común
  • Familia Bignoniaceae
  • Primera observación 09/06/2025
  • Última observación 09/06/2025
  • Fotografías 3
  • Observaciones 1
  • Ubicaciones 5
HOJAS

Hojas caducas, de gran tamaño, con 10 a 25 cm de longitud. Lámina de forma claramente cordiforme (en corazón), con el ápice acuminado y la base redondeada o acorazonada.

Haz de color verde claro, liso; envés más pálido y pubescente (velloso). Disposición opuesta o en verticilos de tres a lo largo de las ramas.

Al estrujar las hojas desprenden un olor característico de carácter desagradable para muchas personas.

FLORES

Floración a principios de verano. Flores reunidas en grandes panículas terminales de forma piramidal, muy vistosas.

Corola acampanada o tubular (en forma de trompeta), de color blanco cremoso, ornamentada en su interior con manchas purpúreas y dos franjas amarillas que actúan como guías de néctar para los polinizadores.

Poseen una fragancia suave y melífera, lo que las hace atractivas tanto para insectos polinizadores como para el uso ornamental.

FRUTOS

Fruto en cápsula coriacea y dehiscente, de aspecto similar a una legumbre o «puro» muy alargado, con 20 a 40 cm de longitud.

Persiste colgante en el árbol durante todo el invierno, tornándose de color marrón oscuro al madurar.

En su interior alberga numerosas semillas pequeñas y planas, provistas de dos alas con pelos finos en los extremos que facilitan su dispersión anemócora (por el viento).

NOTAS / HÁBITAT

Distribución geográfica: Especie originaria del sureste de Estados Unidos, ampliamente naturalizada y cultivada en Europa como árbol ornamental y de alineación urbana.

Ecología: Planta hospedadora exclusiva de la oruga Ceratomia catalpae (esfíngido), que en algunas regiones de Norteamérica es valorada por los pescadores como cebo de pesca.

Usos urbanos: Muy apreciada en arbolado urbano por su notable resistencia a la contaminación atmosférica; no obstante, sus ramas pueden resultar quebradizas ante vientos fuertes.

Requerimientos: Prefiere suelos frescos, profundos y bien drenados, con buena exposición solar. Agradece riego regular para mantener el vigor de su follaje.

Curiosidad: Existe la variedad Catalpa bignonioides 'Aurea', de hojas amarillas, muy utilizada en jardinería paisajística.

Botánica urbana · Árboles de Toledo

El árbol de los puros: la catalpa que cruzó un océano y se quedó a orillas del Tajo

En el Paseo de la Vega de Toledo crece un árbol que llegó del sureste de Norteamérica con un nombre mal escrito, sobrevivió a médicos crédulos y taxonomistas despistados, y hoy dirige en silencio su propio ejército de hormigas. Los toledanos lo llaman el árbol de los puros. Los botánicos lo llaman Catalpa bignonioides. Ambos tienen razón.

Familia Bignoniaceae Catalpa bignonioides Walter, 1788 Paseo de la Vega, Toledo

Un árbol que detiene a la gente en la calle

Existe una prueba infalible para saber si alguien ha paseado con los ojos abiertos por el Paseo de la Vega: basta preguntarle qué árbol tiene puros colgando de las ramas en enero. Quien lo conoce responde sin dudar. Allí, entre el murmullo del Tajo y la sombra casi escandalosa que proyecta sobre el asfalto, crece la Catalpa bignonioides, un árbol diseñado aparentemente para el exceso y la demostración teatral. Su impacto es inmediato e inconfundible en cualquier estación del año.

En verano se cubre de grandes pirámides de flores blancas que desde lejos parecen orquídeas tropicales extraviadas entre el gris de la piedra toledana. Pero es en invierno cuando revela su firma más célebre: centenares de vainas largas, cilíndricas y de color marrón oscuro cuelgan de las ramas como puros habanos que alguien olvidó recoger. Si ves un árbol desnudo cubierto de lo que parecen espaguetis marrones balanceándose en el frío de enero, ya tienes el nombre.

Ficha de identidad · Catalpa bignonioides
  1. ·Nombre científico: Catalpa bignonioides Walter, 1788
  2. ·Familia: Bignoniaceae · Subfamilia: Catalpoideae
  3. ·Origen: Sureste de Estados Unidos (Georgia, Alabama, Mississippi)
  4. ·Apodo popular en Toledo: «el árbol de los puros», por sus vainas colgantes de 20–40 cm
  5. ·Presencia local: Ejemplares veteranos en el Paseo de la Vega, a orillas del Tajo
Etimología

El nombre Catalpa procede casi con certeza del término indígena muscogee o chickasaw kutuhlpa. Cuando el botánico italiano Giovanni Antonio Scopoli formalizó el género en el siglo XVIII, transcribió incorrectamente el vocablo original. El nombre correcto habría sido catawba, en honor al pueblo indígena homónimo, cuya propia denominación significa aproximadamente «la gente del río» o «el lugar donde el río se bifurca». Las leyes de la nomenclatura botánica son inapelables: una vez publicado un nombre, aunque nazca de una errata, queda inmortalizado para siempre. El árbol más reconocible de los paseos toledanos lleva, técnicamente, un error tipográfico del siglo XVIII elevado a rango científico universal.

Una anatomía construida para llamar la atención

Catalpa común (Catalpa bignonioides) – 09/06/2025 7:03 PM
Catalpa común (Catalpa bignonioides) – 09/06/2025 7:03 PM© Enrique Pérez

Más allá del impacto inmediato, la catalpa merece una mirada pausada sobre su cuerpo. Es un árbol de hoja caduca que alcanza habitualmente entre doce y quince metros de altura, con una copa amplia, redondeada y muy ramificada que funciona como un auténtico dosel de sombra densa. La corteza es grisácea en los ejemplares jóvenes y se va agrietando en placas irregulares con la madurez, adquiriendo ese aspecto venerable que tienen los árboles que han visto pasar varias generaciones de paseantes.

Las hojas —cordiformes, de hasta veinticinco centímetros, con forma de corazón— se disponen de forma opuesta o en verticilos de tres, con un pecíolo largo que permite que el follaje se mueva con cualquier mínima brisa, ventilando la copa de forma natural. El envés es pubescente, ligeramente velloso al tacto, lo que en días de calor extremo contribuye a reducir la pérdida de agua por transpiración. Si uno se atreve a estrujar un trozo entre los dedos, descubrirá un olor particular, algo entre el cacahuete húmedo y el establo, inconfundible y con su propia lógica química, como veremos más adelante. La floración llega a principios de verano en grandes panículas terminales piramidales: cada flor individual tiene forma acampanada, blanca cremosa, con dos franjas amarillas y manchas púrpuras en el interior que actúan como guías de néctar para los polinizadores, un sistema de señalización visual extraordinariamente eficaz. El fruto es una cápsula leñosa dehiscente —es decir, que se abre sola cuando madura— de veinte a cuarenta centímetros, que alberga numerosas semillas planas provistas de dos alas con flecos de pelos finos en los extremos: pequeñas naves de dispersión diseñadas para planear cuando el viento de la meseta barre las ramas en invierno.

Morfología detallada
CarácterDetalle
PorteÁrbol caducifolio de 12–15 m, copa amplia y redondeada
CortezaGrisácea en jóvenes; placas irregulares agrietadas en maduros
HojasCordiformes, hasta 25 cm; opuestas o en verticilos de 3; envés pubescente; olor característico al estrujarlas
FloresPanículas piramidales terminales; blancas con franjas amarillas y manchas púrpuras como guías de néctar
FrutoCápsula leñosa dehiscente de 20–40 cm; semillas aladas con flecos en los extremos
FenologíaBrotación tardía (hasta mayo); floración en verano; frutos persistentes todo el invierno
Detalle que sorprende
Las hojas de la catalpa no se disponen de forma alterna, como ocurre en muchos árboles comunes. Se organizan de forma opuesta o en verticilos de tres: tres hojas que salen del mismo punto del tallo, equidistantes entre sí. Es uno de los rasgos más diagnósticos para identificarla fuera de temporada de frutos.

De los ríos del sureste americano a los jardines de Carlos III

La historia de cómo este árbol llegó hasta las orillas del Tajo combina exploración colonial, curiosidad científica y la ambición ilustrada de una monarquía que quería demostrar que España estaba a la vanguardia del conocimiento botánico. La catalpa no nació aquí. Sus orígenes están en los márgenes húmedos y fértiles del sureste de los actuales Estados Unidos —Georgia, Alabama, Mississippi—, donde crecía entre los ríos fangosos y las aldeas de los pueblos muscogee y catawba, profundamente entretejida en su imaginario espiritual y su medicina práctica.

Su viaje hacia Europa comenzó en 1726, cuando el naturalista inglés Mark Catesby, financiado por la Royal Society para explorar las colonias americanas, quedó fascinado por aquel árbol desconocido para casi todos los colonos europeos y envió semillas a Londres. Catesby recibió su conocimiento de la planta directamente de comunidades indígenas e incluyó una de las primeras ilustraciones científicas de la especie en su monumental obra sobre la historia natural de las Carolinas. A España llegó con el sello de la realeza cincuenta y dos años después: en 1778, bajo el reinado de Carlos III, las primeras semillas fueron plantadas en los Jardines de Aranjuez, bajo la supervisión de Esteban Boutelou, de una dinastía de jardineros de origen suizo que transformaron el paisaje de los Reales Sitios. Desde allí comenzó la lenta colonización de Toledo y su provincia: de los jardines palaciegos a las plazas públicas, de las plazas a los paseos, hasta llegar al Tajo.

El viaje de la catalpa hasta Toledo

1726 — Mark Catesby (Royal Society) recoge semillas en las colonias americanas y las envía a Londres. Publica una de las primeras ilustraciones científicas de la especie, basada en conocimiento indígena.

1778 — Bajo Carlos III, las primeras semillas llegan a los Jardines de Aranjuez, supervisadas por Esteban Boutelou. Inicio de la expansión por Toledo y su provincia.

Siglo XIX — La catalpa aparece en la literatura de viajes como símbolo de distinción en Toledo y Aranjuez. Se extiende de jardines palaciegos a paseos y patios públicos.

Dos historias que no hay que confundir
En 1726, Mark Catesby lleva la catalpa a Londres, no a España. La llegada a España se produce 52 años después, en 1778, con Carlos III y Aranjuez de por medio. Son dos momentos distintos de la misma historia, no el mismo hecho repetido.

Lo que los pueblos indígenas sabían, y lo que Europa creyó saber

Catalpa común (Catalpa bignonioides) – 09/06/2025 7:03 PM
Catalpa común (Catalpa bignonioides) – 09/06/2025 7:03 PM© Enrique Pérez

Para los pueblos catawba y muscogee, la catalpa era mucho más que una fuente de sombra. Sus largas vainas colgantes inspiraban comparaciones con serpientes dormidas o cabellos del invierno, y plantar catalpas cerca de la vivienda se asociaba a la protección frente a tormentas eléctricas y a la atracción de lluvias suaves. Las flores, con sus manchas púrpuras, eran interpretadas como los ojos de los espíritus del río que vigilaban a los niños mientras jugaban bajo su sombra. Las semillas y vainas se usaban en rituales para calmar el ánimo y tratar problemas respiratorios, unas propiedades que los médicos europeos que llegaron a las colonias observaron con mezcla de curiosidad y escepticismo.

Ese escepticismo no tardó en convertirse en entusiasmo desmedido. En el siglo XIX corrió por los círculos botánicos de la Península Ibérica el rumor de que la corteza de catalpa podía sustituir a la quinina como tratamiento contra la malaria, ganándose el apodo de «quinina de los pobres». La ciencia moderna despejó esa ilusión: aunque la corteza contiene compuestos como la catalpina, con ciertos efectos sedantes leves, carece por completo de los alcaloides necesarios para combatir el parásito del paludismo. La catalpa, en este punto, simplemente no puede hacer lo que se le pedía.

Visión indígena (catawba y muscogee)
Las vainas evocaban serpientes o cabellos del invierno. Plantar catalpas atraía lluvia y protegía de tormentas. Las flores eran los ojos de los espíritus del río. Las semillas y vainas se usaban para calmar el ánimo y tratar problemas respiratorios.
Recepción europea (siglos XVIII–XIX)
Los médicos coloniales observaron esas propiedades con curiosidad y escepticismo. En el siglo XIX surgió el mito de la «quinina de los pobres». La ciencia moderna lo desmintió: la catalpina tiene efectos sedantes leves pero no combate el paludismo.
Un detalle que no conviene ignorar
Aunque la catalpa no sirve como antimalárico, sus raíces sí contienen compuestos capaces de afectar al ritmo cardíaco. El árbol tiene sus límites terapéuticos, y cruzarlos puede ser peligroso. Las propiedades populares que se le atribuyeron en el siglo XIX no tienen respaldo científico moderno.

El ejército de hormigas que el árbol paga según el nivel de amenaza

Bajo la apariencia tranquila de ese gigante de hojas enormes se esconde uno de los sistemas de defensa más sofisticados del reino vegetal. En el envés de sus hojas, exactamente donde los nervios principales se unen al tallo, la catalpa posee unas pequeñas glándulas llamadas nectarios extraflorales. Su función no es atraer polinizadores —eso lo hacen las flores— sino reclutar mercenarios. En condiciones normales, estas glándulas segregan un sirope azucarado en pequeñas cantidades, suficiente para mantener una patrulla de hormigas recorriendo las ramas.

Pero cuando una oruga —típicamente la larva de la esfinge de la catalpa, Ceratomia catalpae— comienza a masticar una hoja, la planta detecta el daño químico y físico y activa una respuesta de emergencia: en un plazo de entre veinticuatro y treinta y seis horas, la producción de néctar en los nectarios de las hojas atacadas puede multiplicarse por tres. Ese aumento del «salario» atrae un contingente masivo de hormigas que patrullan con agresividad renovada, expulsan las orugas o las eliminan para alimentar sus propias larvas. La densidad de hormigas puede multiplicarse por diez en las zonas en conflicto. La catalpa gestiona, en suma, su propio servicio de seguridad privada y ajusta los salarios en tiempo real según el nivel de amenaza. Pocos árboles del Paseo de la Vega ofrecen un espectáculo de inteligencia química tan rotundo.

Cómo funciona el sistema defensivo
  1. 1Estado de reposo: los nectarios extraflorales (envés de la hoja, unión de nervios con tallo) segregan néctar en pequeñas cantidades. Una patrulla habitual de hormigas recorre las ramas.
  2. 2Detección del ataque: una larva de Ceratomia catalpae comienza a masticar. La planta detecta el daño químico y físico.
  3. 3Respuesta de emergencia (24–36 horas): la producción de néctar en las hojas atacadas se multiplica por tres.
  4. 4Resultado: la densidad de hormigas puede multiplicarse por diez en las zonas en conflicto. Las orugas son expulsadas o eliminadas.
Qué son los nectarios extraflorales
Son glándulas productoras de néctar situadas fuera de las flores, en el envés de las hojas, en la unión de los nervios con el tallo. A diferencia del néctar floral, cuya función es atraer polinizadores, el néctar extrafloral sirve exclusivamente para reclutar hormigas defensoras. La catalpa no es la única planta que los posee, pero sí una de las que mejor ilustra cómo funciona el sistema: producción basal baja en reposo, producción de emergencia ante ataque.

Por qué Toledo no concibe el verano sin ella

Catalpa común (Catalpa bignonioides) – 09/06/2025 7:03 PM
Catalpa común (Catalpa bignonioides) – 09/06/2025 7:03 PM© Enrique Pérez

En Toledo, este árbol foráneo ha encontrado algo parecido a un hogar definitivo. El Paseo de la Vega concentra los ejemplares más veteranos y de mayor porte, y la sombra que proyectan sus copas es, según los toledanos que los frecuentan, varios grados más fresca que la de los edificios de piedra que rodean el casco histórico. Su crecimiento rápido y su capacidad para tolerar suelos compactados, contaminación urbana y podas severas la convirtieron en una elección frecuente para patios escolares y paseos públicos de toda Castilla-La Mancha a lo largo del siglo XX. Hay una generación entera de toledanos que guarda en la memoria el olor de sus hojas estrujadas en el patio del colegio y la imagen de esas vainas colgando sobre las cabezas de los niños en los recreos de diciembre.

Su brotación tardía —que a menudo no se produce hasta bien entrado mayo— la protege de las heladas tardías que suelen arruinar la floración de otros árboles en la meseta. En Toledo, donde el termómetro oscila entre los cinco grados bajo cero del invierno y los cuarenta y dos del verano, esa estrategia no es un capricho sino una ventaja evolutiva perfectamente afinada: la catalpa ha aprendido a esperar, a no precipitarse, a dejar que el frío haga su peor trabajo antes de mostrar sus cartas. Sus flores son además una de las principales fuentes de néctar para las abejas carpinteras y otros polinizadores de gran tamaño que habitan en la vega del Tajo, convirtiendo a cada catalpa florecida en un nodo activo de biodiversidad dentro del tejido urbano. Un árbol que llegó de los ríos del sur de Norteamérica con un nombre mal escrito, que sobrevivió a médicos crédulos y taxonomistas despistados, y que hoy sigue en pie junto al Tajo dirigiendo en silencio su ejército de hormigas.

Adaptación al clima de la meseta
La brotación tardía de la catalpa —hasta mayo— no es una debilidad sino una estrategia evolutiva: en Toledo, con heladas que pueden prolongarse hasta la primavera avanzada, brotar tarde equivale a sobrevivir. Esta adaptación explica su éxito en la meseta frente a otras especies de ornamentación urbana que florecen antes y pagan el precio de las heladas tardías.
Preguntas frecuentes

¿Por qué los toledanos llaman a la catalpa «el árbol de los puros»?

Por sus frutos: cápsulas leñosas cilíndricas de entre veinte y cuarenta centímetros que cuelgan de las ramas en invierno con el aspecto inconfundible de puros habanos. El árbol pierde sus hojas en otoño, pero los frutos persisten en las ramas durante meses, meciéndose con el viento, hasta que se abren para dispersar las semillas aladas. En enero, un ejemplar desnudo cubierto de esas vainas oscuras es una de las estampas más características del Paseo de la Vega.

¿Cómo y cuándo llegó la catalpa a España?

El viaje fue en dos etapas. En 1726, el naturalista inglés Mark Catesby —financiado por la Royal Society para explorar las colonias americanas— envió las primeras semillas a Londres, donde la especie comenzó a circular entre los jardines botánicos europeos. A España no llegó hasta 1778, cincuenta y dos años después, bajo el reinado de Carlos III: las primeras semillas fueron plantadas en los Jardines de Aranjuez bajo la supervisión de Esteban Boutelou, un jardinero de origen suizo al servicio de la Corona. Desde Aranjuez, la especie colonizó progresivamente Toledo y toda la provincia.

¿Qué son los nectarios extraflorales y qué tiene que ver con las hormigas?

Son pequeñas glándulas situadas en el envés de las hojas de la catalpa, en el punto donde los nervios principales se unen al tallo. Producen un néctar azucarado que atrae a las hormigas, que a cambio patrullan el árbol y lo defienden de insectos herbívoros. Lo más llamativo es que la producción no es constante: cuando una oruga empieza a masticar las hojas, la planta detecta el daño y puede triplicar la secreción de néctar en las hojas atacadas en el plazo de un día y medio, atrayendo hasta diez veces más hormigas justo donde más se necesitan. Es un sistema de defensa activa y proporcional.

¿Es verdad que el nombre «catalpa» es un error tipográfico?

Técnicamente, sí. El nombre procede de un término indígena muscogee o chickasaw —kutuhlpa— que el botánico italiano Giovanni Antonio Scopoli transcribió incorrectamente cuando formalizó el género en el siglo XVIII. El nombre que debería haber quedado era catawba, en honor al pueblo indígena con el que el árbol estaba asociado. Sin embargo, las normas internacionales de nomenclatura botánica son inapelables: una vez publicado un nombre, aunque sea erróneo, queda vigente. Así que la errata del siglo XVIII viaja hoy en las etiquetas de todos los jardines botánicos del mundo.

¿Sirve la catalpa como planta medicinal, como se decía en el siglo XIX?

En el siglo XIX circuló por la Península Ibérica la idea de que la corteza de catalpa podía sustituir a la quinina en el tratamiento de la malaria, de ahí el apodo de «quinina de los pobres». La ciencia moderna lo desmintió con claridad: aunque la corteza contiene un compuesto llamado catalpina con ciertos efectos sedantes leves, carece de los alcaloides necesarios para combatir el parásito del paludismo. Lo que sí está documentado es que las raíces contienen compuestos capaces de afectar al ritmo cardíaco, por lo que cualquier uso medicinal no supervisado puede resultar peligroso.

Catalpa bignonioides Walter, 1788 · Toledo Natura Enrique Pérez
Enrique Pérez

Enrique Pérez

Editor de toledo natura

Ingeniero agrónomo. Editor principal de Toledo Natura.
Como aficionado a la botánica he creado este blog para divulgar y poner en valor el patrimonio botánico de la ciudad.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Scroll al inicio